sábado, 10 de septiembre de 2016

¡Qué mal rato!



Dicen que la inspiración te debe pillar trabajando.  En eso estoy, a ver si me viene la inspiración y os cuento algo que os interese. Acabo de hacer un viaje en tren, yo sola. Mi destino: Madrid. Mi objetivo una consulta médica. 
Pero no es eso lo que voy a contaros.

A mi lado se sentó una señora rubia y sonriente, más joven que yo y muy locuaz. Enseguida empezó a hablar de mil cosas. Anécdota tras anécdota, cada una más divertida que la otra. Yo estaba encantada, pues el tedio de un viaje se evaporaba con su conversación.

Lo malo es que las anécdotas divertidas se acabaron y empezaron las dramáticas, incluso las trágicas.

De estas últimas hubo una que me impresionó. Una amiga suya llamada Mari Cuadrado, cuando su padre fue detenido por comprar oro robado, salvó de la tienda lo que pudo, sobre todo piezas menudas, ya que la mayor parte de los artículos tuvieron que ser tasados y subastados para pagar la multa administrativa a la que se enfrentaba, además de tasas judiciales y abogados.

El caso es que Mari, empezó a vender, con mucha discreción entre las amigas de sus amigas las pulseras, sortijas, cadenas de oro que había podido poner a salvo.

Entre esas amigas de amigas, se topó con una que le quiso hacer el “trece-catorce”. Entendedme: aprovecharse de ella y de las circunstancias y no pagarle.

Como Mari necesitaba el dinero, pues las cosas estaban mal y no iban a mejorar, la apremió en varias ocasiones. Primero y muchas veces, por las buenas. La compradora remisa le ponía excusas y le daba largas.

Mari empezó a cansarse de tanta excusa y la amenazó con contárselo a la amiga que las había presentado. De amiga a amiga y tiro porque me toca, eso suponía que se iba a enterar todo el pueblo.

Ante esa idea, la compradora deudora de cuyo nombre no me acuerdo, se citó con Mari en un parque para pagarla. Mari, que ya lo daba perdido, nunca volvió de su asombro. Como estaba sentada en un banco, no la vio venir.

La compradora deudora la cogió del pelo desde atrás y con habilidad asombrosa la degolló. Como si se hubiera dedicado a ello toda su vida.

Menos mal que ya llegábamos a Madrid y aquí se acabaron las historias de mi compañera de asiento.
También dicen el trabajo de escribir es un 10% inspiración y un 90% sudor. Así terminé yo ese viaje.

¡Ufffff! ¡Qué mal rato!

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