jueves, 25 de agosto de 2016

Un viaje en familia

Un viaje en familia, pequeña por una parte y muy numerosa por otra. Programado con mucho tiempo de antelación, el viaje a Granada para ver el espectáculo  flamenco presentado por el Ballet de Andalucía en los Jardines del Generalife, se presentaba con tintes muy ilusionantes a la vez que temerosos.
La pequeña familia la constituíamos mi hijo mayor con su mujer y mis dos nietos de 11 y 13 años, mi pareja y yo.
La familia más grande todos los que nos acompañaban en el autobús, o sea un grupo de amigos y un montón de conocidos.
Los temores: el calor que ibamos a pasar pues era uno de los días más calurosos de verano, el cansancio que se puede acumular al pasar tantas horas fuera de casa, con la vuelta de madrugada  y que los niños no aguantaran el espectáculo.
Todo eso tuvo su versión más favolable y amable, el espectáculo resultó maravilloso y a los niños les encantó.
Un viaje bien organizado y una buen comportamiento de los viajeros que fueron educados, amistosos, entusiastas, ¿qué más se puede pedir?
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Uno de los bailes con arte en mover el mantón
El espectáculo, basado en las obras de Lorca, tanto de poesía como de música, fueron magistralmente interpretados tanto por los bailarines, como por los que se dedican al cante, al toque y al "jaleo". También el equipo técnico de sonido fue un actor de esos que brillan por su ausencia. Es decir, nadie tuvo un desajuste, todo estuvo en su punto.

El cansancio de la vuelta era algo esperado y aceptado por todos. Afortunadamente, los nietos se durmieron. Llegados a nuestro destino, ya de madrugada, cada uno se las ingenió para volver a su casa como mejor supo y pudo.
Y aquí es donde la estrategia y la logística fallaron en nuestra pequeña familia. No os cuento los pormenores, no quiero cansaros (es que al recordarlos, me entra un agobio...!) El caso es, señoras y señores que yo me encontré en un descampado, sola, "perduta e abandonata", mientras un montón de coches/taxis salían en todas direcciones.
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Descampado

Una tiene sus recursos y a estas alturas de la vida no me pongo a llorar ni por eso ni por nada. Volví a mi casa en un taxi y me encuentro a mi pareja y a mi hijo que me estaban esperando, con diferente actitud, por cierto. Mientras mi pareja se disculpaba, mi hijo me increpaba.
¡Ah, no! ¡Eso, no! Puedo disculpar vuestro despiste, pero no pienso cargar con una mochila de responsabilidad que no me corresponde, para que alguién duerma tranquilo.
Lo dije en voz alta, creo que me oyó hasta el taxista. ¡No vaya a ser, oyessssss!


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