Amiga
mía: Hace tanto tiempo que no nos comunicamos que no sé por dónde empezar. Me
pides que te cuente mi vida, pero no quiero aburrirte, así que te contaré
episodios y ni siquiera serán correlativos en el tiempo, tampoco te aseguro que
sean divertidos, pero en fin, allá voy.
Las
últimas navidades las pasamos en Francia, en casa de mi hijo Alberto y también
nos acompañó mi otro hijo Manu son su mujer y la niña. Todo indicaba que iban a ser unas navidades de ensueño: toda la
familia reunida, mis nietos mi nuera, como anfitriona, esmerándose en los menús
y en organizar excursiones para que conociéramos las ciudades de alrededor, tan
bonitas, tan típicas, tan francesas... Las perspectivas eran excelentes.
Pero,
no, no resultaron como imaginábamos, porque mi marido, Pepe debe tener una
alergia a los viajes o una enfermedad rara en el cerebro, que le hace fastidiar
a todos el proyecto de una reunión feliz. Lo digo porque no es la primera vez
que me monta el pollo en situaciones semejantes.
¿Cuál
fue el motivo, esta vez? ¡Ah, ya! La víspera de tomar el avión me puse a
imprimir las tarjetas de embarque y no me salían con el código de barras. ¿Qué
habré hecho mal? Me preguntaba. Lo volvía a intentar y nada. Cada vez me ponía
más nerviosa. La maleta sin terminar y mi impresora dando… problemas. ¿O el
problema era yo?
Procuré
relajarme, pensar qué opciones me quedaban por intentar. Y a todo ésto huelo en
el ambiente el perfume de mi marido que llena toda la casa. Había vuelto hacía
un rato, eufórico porque había resuelto los problemas que tenía pendiente, se
había duchado y se había metido en la cama.
Y
yo mientras con un ataque de ansiedad, y sin tarjeta de embarque, que si viajas
con Ryanair, lo tienes crudo. Y para colmo, hoy era uno de esos días en que el ordenador, se encoleriza y me suelta patadas atroces. Devanándome los sesos, decido por fin, (a ver si
suena la flauta) guardar los billetes como una foto y luego imprimirlos.
¡Gracias,
flauta mágica! Nos has salvado el viaje. Yo estaba rendida, pero al menos feliz.
Ya tenía en mis manos los pérfidos billetes que se negaban a mostrar el código
de barras como si de sus partes pudendas se tratara. Me fui a la cama con la
satisfacción del deber cumplido.
Pepe
llevaba ya un rato largo en la cama perfumado y desnudo. ¿QUEEEEEEÉ? No, no
hubo carantoñas, ni besos, ni abrazos, ni nada de todo eso, sino un cabreo de
dimensiones bíblicas por no haber acudido a tiempo a su llamada de macho
hispano con perfume italiano.
Un relato epistolar de lo más divertido. ¡Ole las mujeres con carácter! sean reales o de ficción como en este caso. Espero que te animes a seguir en esta línea, sin abandonar las otras, por supuesto.
ResponderEliminarGracias, Molina de Tirso. Hasta hoy no había visto tu comentario y es que a veces me falta valor para introducirme en las entrañas del blog.
ResponderEliminarشركة ماسة لمكافحة الحشرات بصفوى
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