miércoles, 17 de agosto de 2016

Los viajes nos sientan fatal



Amiga mía: Hace tanto tiempo que no nos comunicamos que no sé por dónde empezar. Me pides que te cuente mi vida, pero no quiero aburrirte, así que te contaré episodios y ni siquiera serán correlativos en el tiempo, tampoco te aseguro que sean divertidos, pero en fin, allá voy.
Las últimas navidades las pasamos en Francia, en casa de mi hijo Alberto y también nos acompañó mi otro hijo Manu son su mujer y la niña. Todo indicaba que iban a ser unas navidades de ensueño: toda la familia reunida, mis nietos mi nuera, como anfitriona, esmerándose en los menús y en organizar excursiones para que conociéramos las ciudades de alrededor, tan bonitas, tan típicas, tan francesas... Las perspectivas eran excelentes.
Pero, no, no resultaron como imaginábamos, porque mi marido, Pepe debe tener una alergia a los viajes o una enfermedad rara en el cerebro, que le hace fastidiar a todos el proyecto de una reunión feliz. Lo digo porque no es la primera vez que me monta el pollo en situaciones semejantes.
¿Cuál fue el motivo, esta vez? ¡Ah, ya! La víspera de tomar el avión me puse a imprimir las tarjetas de embarque y no me salían con el código de barras. ¿Qué habré hecho mal? Me preguntaba. Lo volvía a intentar y nada. Cada vez me ponía más nerviosa. La maleta sin terminar y mi impresora dando… problemas. ¿O el problema era yo?
Procuré relajarme, pensar qué opciones me quedaban por intentar. Y a todo ésto huelo en el ambiente el perfume de mi marido que llena toda la casa. Había vuelto hacía un rato, eufórico porque había resuelto los problemas que tenía pendiente, se había duchado y se había metido en la cama.
Y yo mientras con un ataque de ansiedad, y sin tarjeta de embarque, que si viajas con Ryanair, lo tienes crudo. Y para colmo, hoy era uno de esos días en que el ordenador, se encoleriza y me suelta patadas atroces.  Devanándome los sesos, decido por fin, (a ver si suena la flauta) guardar los billetes como una foto y luego imprimirlos.
¡Gracias, flauta mágica! Nos has salvado el viaje. Yo estaba rendida, pero al menos feliz. Ya tenía en mis manos los pérfidos billetes que se negaban a mostrar el código de barras como si de sus partes pudendas se tratara. Me fui a la cama con la satisfacción del deber cumplido.
Pepe llevaba ya un rato largo en la cama perfumado y desnudo. ¿QUEEEEEEÉ? No, no hubo carantoñas, ni besos, ni abrazos, ni nada de todo eso, sino un cabreo de dimensiones bíblicas por no haber acudido a tiempo a su llamada de macho hispano con perfume italiano.

3 comentarios:

  1. Un relato epistolar de lo más divertido. ¡Ole las mujeres con carácter! sean reales o de ficción como en este caso. Espero que te animes a seguir en esta línea, sin abandonar las otras, por supuesto.

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  2. Gracias, Molina de Tirso. Hasta hoy no había visto tu comentario y es que a veces me falta valor para introducirme en las entrañas del blog.

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