Hay
días que salen gafados y como suele decirse es mejor no salir de casa. Pero,
¿cómo saberlo? Aunque lo intuyas, (que yo a veces lo intuyo) te sientes
obligado a salir, porque tienes una cita con el dentista, porque has quedado
con unos amigos, en fin los motivos son innumerables y no puedes eludirlos
todos.
¿Y
por qué os cuento esto? Pues precisamente porque ayer fue uno de esos días: Mi
marido se ofrece muy cariñoso a llevarme a la consulta del odontólogo y acepto,
aunque no era necesario, pero convenimos en que cuando saliera comeríamos
juntos. ¡Vale, muy bien! Así llegamos a casa tan contentos a echarnos la
siesta.
Llegamos
al centro y como pececitos detrás de un apetecible gusano nos metemos en una
trampa que los responsables de la circulación madrileña, aprovechando la
confusión producida por las obras del metro, nos tenían preparada. A nosotros y
a muchos coches más.
Justo
por esa estrecha senda entre muretes a rayas rojas y blancas solo se permitía
pasar a autobuses y taxis. Y vamos nosotros y nos metemos allí, donde nos
esperaban unos guardias municipales que ahora se llaman de movilidad, pero a
los que siempre se les ha llamado hijos de la grandísima, sin andarse con
eufemismos.
Como
llegaba la hora de la consulta, me bajo del coche y dejo a mi querido esposo en
manos de los “guripas” que libreta en mano se disponían a sacarle la pasta en
un “pis pás”. Confieso que hui de la escena del crimen sin remordimientos.
Cuando
nos reunimos para comer en un restaurante conocido, su cabreo era auténtico pero
sordo y mudo: me ahorró los detalles y pasamos a hablar de otros temas. ¡Todo
un caballero!
La
comida, entre otras virtudes, tiene la de aplacar los ánimos y así distrajo nuestra
mente y nos disponíamos a marchar a casa y disfrutar de la siesta, cuando otra
vez las obras del metro se cebaron con nosotros. Guiados por los dichosos
muretes de listas rojas y blancas nos metimos por un sitio, no prohibido pero
sí inadecuado. De tal forma que la corriente nos llevó, sin posibilidad de
enmienda, desde el centro de Madrid a la inmediaciones de la Universidad o sea
al culo del mundo. Para volver fue toda una odisea, pero al fin llegamos.
¡Oh,
qué bien se está en casa! Si hija sí, pero hemos quedado para ir a una
conferencia de la Asociación Cultural de Pozuelo de Alarcón y por respeto y
cariño al conferenciante no podemos faltar.
Mejor
que salgamos de día porque ese sitio, es muy complicado de encontrar. Bien,
pues vamos, salgamos de día. (la siesta a tomar vientos).
Salimos
de día, emprendimos el camino, preguntamos dos o tres veces en las gasolineras,
se nos hizo de noche, nos encontramos en la sierra de Madrid, donde si se nos
hubiera ocurrido salir del coche seguro que nos atacan los lobos. Volvimos a
preguntar, nos hacen volver por donde habíamos venido, vemos el letrero indicativo.
¡Al fin! Pero hay otro letrero: “Carretera cerrada por obras” ¡Maldita sea lá”
Ya
sin saber a dónde íbamos, continuamos la marcha y nos encontramos a las puertas
del Centro Psiquiátrico. ¿Cómo habíamos llegado allí? Lo ignoro Ganas me dieron
de decir que habíamos visto a los extraterrestres, para que nos dejaran pasar allí la noche.
Pero
me contuvo mi amante esposo que con más lucidez que yo, avistó un taxi y le
preguntó por el camino hacia nuestra querida Asociación Cultural. (Nunca fue
tan cierto lo de que la cultura es tortura)
El
taxista, muy amable le fue indicando que llegaría a una primera rotonda y
debería girar a la izquierda. Luego a una segunda rotonda y girar a la derecha,
luego a otra y seguir de frente, luego llegar a un rio y pasar por debajo…
Yo
había agotado las lenguas muertas para jurar: o sea, en hebreo, en arameo, en
sanscrito… No sabía si seguir con las lenguas vivas o echarme a llorar
directamente.
Mi
pareja querida encontró la mejor y la única solución si queríamos llegar vivos
a nuestro destino. Le pidió al taxista que fuera delante de nosotros y nos
dejara a las puertas de la sala de conferencias de la Asociación Cultural; lo
que hizo tras un largo recorrido por sitios irreconocibles y mediante un pago
razonable.
Yo le hubiera dado un beso en los morros, de verdad, si él se
hubiera dejado.
Yo no creo en esas cosas, pero es verdad que algunos días parece que un duende malo se ensaña con nosotros. Esto que cuentas es de las anécdotas que se viven con angustia y se cuentan con placer.
ResponderEliminarNos leemos
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